Hablar de Moenia es hablar de una de las bandas que ayudaron a consolidar el synth-pop y la música electrónica dentro del panorama mexicano. Desde sus primeros años, el proyecto encontró una manera particular de combinar sintetizadores, cajas de ritmos, guitarras y canciones de estructura pop para construir un sonido que terminó convirtiéndose en parte de la identidad musical de varias generaciones.
La historia comenzó a finales de los años ochenta, cuando Alfonso Pichardo, Jorge Soto y Alejandro Ortega comenzaron a experimentar con sonidos electrónicos. Aunque la formación y el proyecto atravesaron diferentes etapas, Moenia terminó encontrando una identidad reconocible alrededor de la voz de Pichardo y una producción electrónica que se alejaba de las fórmulas dominantes del pop mexicano de aquellos años.
El gran salto llegó durante los noventa. Discos como Moenia y posteriormente Adición + comenzaron a colocar a la banda dentro de una escena que todavía veía la música electrónica como un territorio relativamente alternativo. Canciones como “No puedo estar sin ti” y “Manto estelar” ayudaron a convertir ese sonido en algo mucho más accesible.
Con el cambio de siglo, Moenia ya era una banda consolidada. Le Modulor y Televisor ampliaron su propuesta y demostraron que los sintetizadores podían convivir con estructuras pop sin perder personalidad.
Una de las claves de su permanencia ha sido precisamente esa capacidad para actualizarse sin abandonar su identidad. Mientras las tendencias electrónicas han cambiado constantemente, Moenia ha mantenido ciertos elementos reconocibles: melodías melancólicas, atmósferas nocturnas, secuencias electrónicas y letras que suelen moverse entre las relaciones, la distancia y la nostalgia.
Por eso, ver a Moenia en un escenario como el Palacio de los Deportes no solamente significa encontrarse con una banda que lleva décadas activa. También significa encontrarse con una parte de la historia del pop electrónico mexicano.
Sus canciones han atravesado generaciones, formatos y tecnologías. Pasaron del casete al CD, del MP3 al streaming y de los primeros sintetizadores digitales a las producciones contemporáneas. Y todavía tienen un lugar dentro de los conciertos masivos.


